Funciones de box en Tacubaya (circa 1920)

19 04 2015

Nuestro padre, Raúl Sierra Orihuela, fue el noveno hijo de una familia que en su momento tuvo un lugar más o menos destacado en la sociedad capitalina de principios del siglo XX.

Nacido en 1911, le tocó vivir la Revolución Mexicana (1910-1924) cuando era un niño que asistía a la escuela primaria.

Con el estallido de la revolución, para la familia, como para toda la población, las cosas se pusieron feas.  Era difícil encontrar trabajo y con ello el dinero para comprar los escasos artículos básicos necesarios para la subsistencia.

Para el pequeño Raúl y su “palomilla” de amigos esto era un problema que decidieron atacar a su ingeniosa e inocente pero valiente manera.

Como en todas las escuelas para varones de esa y otras épocas, las peleas entre los alumnos eran muy frecuentes y motivaron una idea original en las cabezas de Raúl y sus amigos.

Comenzaron improvisando con cuerdas un ring de box en el patio de la casa de Raúl y se hicieron de algunos pares de guantes de box; un deporte que para entonces estaba de moda en México.

El siguiente paso fue patrullar los patios de la escuela durante le hora del recreo en busca de condiscípulos pendencieros.  Cuando descubrían una incipiente riña, intervenían para detener a los combatientes y les proponían continuar con sus desavenencias el siguiente sábado en la casa de Raúl, para así evitar los duros castigos que imponían los maestros a los “alumnos peleoneros”.  Los rijosos normalmente aceptaban el trato y se quedaban de ver el sábado en el sitio indicado, profiriendo las consabidas amenazas – “te voy a romper el hocico” o “tú a mí me haces los mandados” y otras peores.

Llegado el viernes, Raúl y sus cuates ya habían logrado arreglar varias peleas para el día siguiente.  Era entonces cuando anunciaban entre el alumnado la hora y el programa de la próxima Función de Box a realizarse en casa de Raúl.

Obviamente la entrada no era gratis, y como en toda pelea siempre hay partidarios de uno y otro bando, la jugosa recaudación no se hacía esperar.  Muchos compañeros querían ver el desenlace de la riña suspendida y la asistencia era nutrida.

Las peleas se realizaban de manera honorable, siguiendo estrictamente las reglas del boxeo, con un réferi imparcial y cumpliendo rigurosamente con el programa pactado.  Si se habían anunciado cuatro peleas, cuatro peleas se realizaban, so pena de perder auditorio lo que a su vez afectaría el negocio.

Esta situación y el hecho de que con relativa frecuencia, y ya enfriados los ánimos iniciales de los contendientes, alguno de los púgiles no asistía al duelo, obligaba a los pequeños empresarios a llenar el prometido programa con peleas improvisadas entre los miembros del comité organizador.

El honor de los empresarios  (en ese tiempo sí existía ese olvidado concepto en la sociedad mexicana) les imponía que la lucha fuera real y no fingida, por lo que, al cabo de algunos meses, el resultado fue que el pequeño Raúl y sus amigos se convirtiesen en expertos boxeadores que dominaban el upper-cut, el gancho al hígado, el recto a la mandíbula, el bending, el clinch y demás sutiles técnicas del boxeo.  Pero, todo honorable aprendizaje tiene un precio, que ellos pagaron con labios reventados, ojos morados, cejas cortadas, dientes rotos, moretones y considerables cantidades de “mole” nasal.

Así me lo contó mi Padre cuando, siendo yo un niño, me transmitió sus conocimientos boxísticos, de los que he hecho buen uso y me han sacado de varios aprietos.

Raúl Sierra Otero

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