El Chaparro Sierra

19 04 2015

A principios de 1985, estaba yo trabajando en mi oficina del 4° Piso del Edificio Condesa en el centro Histórico de la Ciudad de México, cuando un caballero de edad avanzada y abundante cabellera blanca, pulcramente vestido con un impecable traje azul marino tocó a mi puerta.  Levanté los ojos del escrito que tenía ante mí y le pregunté:

  • ¿En qué le puedo servir?

No me extrañó porque era común que llegaran personas preguntando por la ubicación de la biblioteca del Banco de México para adquirir alguna de las publicaciones sobre la economía de país.

El caballero apuntó con el dedo hacia el letrero con mi nombre que había en la puerta de la oficina y me preguntó:

  • ¿Qué es usted del Chaparro Sierra?

A lo que respondí:

  • Primero dígame quién es el Chaparro Sierra.
  • Salvador Sierra – me contestó.
  • Ah, pues Salvador Sierra era mi tío, hermano mayor de mi padre. Pero,… pase usted – dije yo invitándolo a sentarse.

Durante más de una hora el enigmático personaje me relató las audaces aventuras en las que había participado, muchos lustros atrás, con el Chaparro Sierra.

Debo aclarar que el Tío Salvador era varios años mayor que mi padre, quien era el más alto de su familia con 1.75 metros de estatura, y el Tío Salvador parecía la imagen de mi padre vista en un espejo cóncavo, de esos que hay en las ferias de pueblo.  De ahí el sobrenombre.

El caso es que el misterioso caballero de la cabellera blanca y el Tío Salvador, habían sido cómplices en sus mocedades de innumerables aventuras, algunas de ellas no aptas para niños ni adolescentes.

Me relató cómo, durante los turbulentos años de principios del siglo XX en la Ciudad de México, se dedicaban a conquistar los corazones, y si era posible el resto del equipo también, de las jóvenes damas de sociedad.

En una ocasión el Tío tuvo que esconderse apresuradamente en el ropero que había en la recámara de la joven, mientras la mamá entraba a la habitación para darle la bendición y desearle dulces sueños a su hija.

En otra ocasión se vio obligado a salir rápidamente por la ventana, con la mayor parte de sus prendas de vestir en la mano, a la mejor manera de las películas mudas de la época, cuando el marido de la joven beldad llegó sin previo aviso y antes de lo esperado.

Cuando el caballero se percató de la hora que era, se despidió y yo me apresuré a pedirle su nombre, dirección y teléfono con la intención de invitarlo a comer para que, ya más tranquilamente, me continuase narrando las correrías del Chaparro Sierra.

Pero yo no contaba con el terremoto de Septiembre de 1985.  Todos mis archivos y documentos, tanto oficiales como personales, se perdieron en el caos que siguió al terremoto.  El edificio quedó tan dañado que sólo nos permitieron entrar a rescatar lo más importante.  Ahí perdí los datos del misterioso amigo y cómplice de aventuras del Chaparro Sierra.

¿Habrá sido cierto lo que me contó? – bueno, no sabría decirlo aunque el Tío Salvador, a quien sólo vi en dos ocasiones en mi vida, tenía fama de ser tremendo.

Lo que sí sé es que el Tío Chavo – como le decíamos en la familia – militó entre las filas de los Dorados de Villa, que en una ocasión escapó de las tropas Zapatistas, que lo andaban persiguiendo con malas intenciones, saltando de azotea en azotea, que primero se desposó con una dama veinte años mayor que él y luego con una guapa Nicaragüense, la Tía Lesbia, veinte años menor que él, a quién conoció en Managua cuando fue Cónsul de México en ese país[1].

La verdad es que me hubiera gustado conocer más a mi Tío Salvador.

Raúl Sierra Otero

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