Caminata al Desierto de los Leones

19 04 2015

A principios de la década de los sesenta mi familia (Otero Cortés) frecuentábamos mucho a los Sierra (así les decíamos), era muy común que estuviéramos en su casa los sábados o domingos por la tarde.

Esto, porque además de que vivíamos muy cerca (ellos en 1° de mayo no. 117 y nosotros en Av. 1 no. 89 en San Pedro de los Pinos), en casa de los Sierra había televisión y no en la nuestra. Hay que recordar que la televisión en esas fechas era muy reciente y en muchas casas no se contaba con ella, mis padres opinaban que no era conveniente pues distraía a los hijos y además transmitían programas violentos y hasta inmorales, así que un buen pretexto era ir a casa de los Sierra a ver la novedosa televisión.

Por cierto, fue hasta las Olimpiadas del 68 que mis padres decidieron comprar una televisión y está fue estrictamente controlada durante mucho tiempo, por lo que ni mis hermanas ni yo éramos aficionados (adictos ?) a la T.V.

Así, mi tío Raúl y mi papá veían el box y Raúl mi primo y yo los acompañábamos, antes mis primas (Gise y Elvia) junto con mis hermanas habían visto el Teatro Fantástico y en algunas ocasiones, todos juntos veíamos los Polivoces, Ruta 66, Combate y algunos otros muy buenos programas.

En una de esas reuniones, nos quedamos a cenar y los papás empezaron a platicar de sus años mozos, sus aventuras y grandes hazañas deportivas, entre otras nos narraron como caminaban desde San Pedro hasta el Convento del Desierto de los Leones; y no recuerdo quién de los dos nos retó diciendo algo así como: “ahora los jóvenes no caminan ni a la esquina”.

Eso fue suficiente para que los dos mocosos (Raúl y yo) aceptáramos de inmediato el reto, diciéndoles: “a ver si son tan salsas, vamos mañana”.

Haciendo cuentas, en esas fechas mi padre debe haber tenido unos 44 o 45 años, mi tío unos 52 o 53, Raúl mi primo unos 13 o 14 y yo unos 14 o 15 años, a lo mucho.

Así, antes de acabar la cena los cuatro quedamos formalmente en que al día siguiente (un domingo) saldríamos a las 7.00 de la mañana y caminaríamos hasta el mismísimo Convento; creo recordar que mi tío y mi papá hicieron una apuesta de algo así como $50.00, que pagaría el que no fuera a la caminata.

Nos fuimos a dormir y en verdad creo que dormí con un poco de nerviosismo, así que el domingo a las 6.15 a.m. estaba listo: trate  de despertar a mi papá pero tuve que hacerlo por lo menos tres veces, hasta que me dijo: “Hombre, es muy temprano y es domingo, los Sierra han de estar bien dormidos, ¿a qué vamos?”.

Yo insistí en que íbamos a perder la apuesta si no íbamos, así que logré convencerlo y a las 7.05 a.m. estábamos tocando la puerta de 1° de mayo. Tardaron un poco en prender las luces y nos avisaron que ya saldrían, efectivamente salieron unos 15 minutos después (siempre sospeché que los habíamos despertado)  e iniciamos la caminata.

Tomamos por la calle 10, pasamos por Cristo Rey y salimos a carretera, pues en aquél entonces no estaba tan poblado como ahora y a esa altura del camino había maizales, pequeños bosques, un inmenso basurero en Santa Fé (que existió por muchísimos años, despidiendo toda clase de olores nauseabundos); caminamos cerca de cinco horas.

Recuerdo que al principio los cuatro íbamos más o menos parejos, con un buen paso, sin embargo después de un buen rato los papás, como era lógico empezaron a mostrar algo de cansancio. El camino hasta el Desierto es bastante pesado, pues es puro ascenso con algunas cuestas muy empinadas.

Tomamos varias avenidas como el Camino Real a Toluca, Camino a Santa Fe, la avenida Santa Lucía, pasando por el pueblo de Santa Rosa y por fin la carretera al Desierto de los Leones.

Como a las 12 a.m. llegamos a la tan ansiada meta: el Convento del Desierto de los Leones. Allí comimos algunas quesadillas y bebimos refresco para emprender el regreso, pero ahora en camión de pasajeros.

Según Google la distancia entre San Pedro y el Convento es de aproximadamente unos 20 kms y se estima un tiempo de 5 horas a pie, por lo que haciendo cuentas hicimos un tiempo bastante aceptable.

Llegamos a San Pedro un poco después de la 1 p.m. y nosotros los “chavos” teníamos aún cuerda para rato, así que nos fuimos al Deportivo Chapultepec a jugar un poco de frontón y hacer algo de natación, creo después al cine.

Los papás cumplieron como los buenos, no les quedaba de otra, el orgullo era mucho. Llegaron tan agotados que después supimos que los dos se metieron derechito a sus respectivas camas y durmieron unas buenas horas hasta reponerse.

Reconozco que ambos papás tenían bastante fibra, yo no sé si a su edad hubiese aceptado un  reto de ese tamaño.

Esta historia la recuerdo con mucho cariño, en lo personal disfruté mucho la caminata y sobre todo el hecho de haberla realizado sólo los cuatro. Desgraciadamente nunca se repitió, ni recuerdo algún otro evento donde hayamos participado los dos papás y los dos primos.

Obviamente en las reuniones posteriores se evitó hacer referencias a hazañas deportivas y a proponer retos y apuestas.

Héctor Otero Cortés.

Agosto, 2014.

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