AÑORANZAS

16 05 2015

Este escrito lo guardó mi papá, Fernando Otero O. por mucho tiempo, le parecía muy simpático, no sé como lo obtuvo. Supongo que se lo regaló alguno de los compañeros y amigos de la colonia (San Pedro de los Pinos), que de vez en cuando se reunían para desayunar y tomar el café, hasta que quedaron muy pocos y de estos muchos se encontraban en condiciones difíciles para salir de casa. El escrito lo transcribí y es este:

Los que nacimos en los años 20’s y 30’s…somos anteriores a la televisión, a lo penicilina y a la vacuna contra la polio y el sarampión, a los alimentos congelados, al fax y a la computadora.

A las bolsas de plástico, a los lentes de contacto y a la píldora. Nacimos antes del radar, de la bomba atómica y la pluma atómica, las tarjetas de crédito y el rayo láser. Ya vivíamos antes de las pantimedias y las minifaldas, los hornos de microondas. las cámaras Polaroid, la ropa “Wash & Wear” y los teléfonos celulares. Se usaba molcajete, no licuadora. Los virus provocaban viruela, no desaparecían archivos.

Los que nacimos en San Pedro de los Pinos no tomábamos el Metro, ni el microbús; viajábamos en el “Villa Obregón”,  el “El Cima” o el “Mixcoac- Merced”  o en los camiones “azules”  o “amarillos”. Recorríamos  la Ciudad sin ahogarnos con la contaminaci6n y con gusto cedíamos el asiento a las damas y a las personas mayores.

En nuestra tiempo no había aún liberación femenina, las conejitas eran solamente unos animalitos,  los escarabajos no eran Volkswagen. Tener una relación íntima significaba simplemente tener una gran amistad. No viajábamos en jet, ni se soñaba con la Guerra de las Galaxias y solo en la novela de Julio Verne,  el hombre ya había llegado a la ­luna. Solamente se trasplantaban vegetales  y no corazones y órganos humanos y solo se destapaban caños, no arterias.

Los pañales se lavaban no se desechaban.  No habla mujeres peluqueras, ni estéticas ­unisex. No se hacían citas, ni se concertaban matrimonios por medio de computadora. No había terapias de grupo, ni “stress”, ni traumas prenatales. No habla “smog “.

No habla frecuencia modulada, videocámaras, procesadores de palabras, antenas para­bólicas, ni satélites artificiales. Tampoco corazones artificiales. No existían los condóminos,  ni multifamiliares; solo las vecindades y las “privadas”.

Ni en sueños pensamos en ver hombres usando aretes.

Poníamos medias suelas a los zapatos y estoperoles a  los tacones.

Comíamos medias noches en  “Sidralí”. No existían, los “Mac Donald’s”, ni los “Burger Boy”.

Ni había “Fast  Food” o “Snack’ Bar” y mucho menos  comida chatarra.

Tampoco los supermercados o los minisuper;  de niños íbamos  a la tienda de la esquina y con pocos centavos comprábamos caramelos, chicles o alguna otra golosina. Con me­nos de un peso comprábamos una gran bolsa de pan blanco y biscochos para toda la familia, y sí la compra del pan era del peso completo; había “ganancia”.

Por menos de diez centavos viajábamos en tranvía o en camión, tomábamos un refresco o comprábamos un cucurucho de pepitas o cacahuates.

Se jugaba al trompo, al balero, a las canicas, a la “roña”, a los “encantados” o a las “escondidillas”. No al Nintendo.

A papá le costaba menos de veinte centavos el litro de gasolina, no 4,300 pesos.  Un solo automóvil era suficiente para la familia … mismo que había sido comprado con lo que hoy nos cuesta ese litro de gasolina.

Los domingos se usaba ropa dominguera. Fumar era elegante.

La yerba se cortaba, no se fumaba. La coca se bebía, no se inhalaba.

La salsa se comía, no se bailaba. SIDA no significaba nada.

Y con franqueza, a pesar de tantas “carencias”, ¡la pasábamos muy bien!