Susto en un día de campo

22 04 2015

Este es un recuerdo muy lejano del cual he olvidado muchos detalles, pero sé que sucedió por el año de 1957 o quizás 58.

En esa época era más o menos frecuente que saliéramos de paseo con la familia Ladd Otero. Mi familia se componía de mis padres, tres hermanas y yo; la de los Ladd  por dos mujeres y dos hombres, más sus respectivos padres, así que en total sumábamos 12 personas.

El mayor de los primos era yo y de apenas un año o dos el menor. Salíamos con alguna frecuencia a comer a algún restaurante en la ciudad, a veces a Cuernavaca y en otras a algún lugar cercano.

En esa ocasión nos reunimos para comer en el campo, anduvimos por varias carreteras, no recuerdo bien si eran del estado de México o quizás de Hidalgo, pero sí que recorríamos muchos kilómetros y mi tío que obviamente iba por delante, nomás no paraba y el hambre empezaba a sentirse. Tomamos varias carreteras secundarias, pues a mi tío Roberto le gustaba manejar y por cierto que era muy “correlón” para la época, pues le metía el acelerador hasta unos 120 km por hora, lo que era ir verdaderamente rápido en esos años. Eso sí, tenía un muy buen auto, un Ford Fairlane 500 creo que 1954, azul claro combinado con blanco, que era una belleza. Mi padre tenía también un Ford, pero este era un Custom 1950 (que le había vendido el mismo tío Roberto) y era muy precavido y cauteloso para manejar, rara vez sobrepasaba los 100 km por hora; pero siguiendo al tío Roberto debía esforzarse para no perderle de vista.

Por fin, en una carretera solitaria encontró un pequeño valle y allí fuimos a dar, estacionaron los dos autos, ya era un poco tarde, quizás las 3.00 p.m., y las mamás nos proveyeron de unos sándwiches, refrescos, fruta y algo más.

Comimos y el tiempo se fue rápidamente. Empezamos a recoger las cosas para emprender el regreso, pero en el momento de querer salir, el automóvil de mi papá se atascó en la arena y tanto él como mi tío empezaron a hacer maniobras y esfuerzos para sacarlo, pero todo fue inútil, metían piedras y ramas debajo de la llanta atascada, pero está irremediablemente se hundía más y más.

Fue entonces cuando decidieron pedir ayuda, pero no se aparecía ni un alma, la carretera era muy poco transitada y los autos que pasaban no se detenían, hasta que por fin, una camioneta pick-up con unos seis o siete individuos, seguramente trabajadores del campo se dio tremendo “enfrenón” y dio marcha atrás, pues cuando nos vieron ya se habían pasado de la entrada al valle.

Los tipos gritaron algo como “no se preocupen, ahora mismo los sacamos” y parecían eufóricos, seguramente venían de alguna fiesta y andaban un poco “alegres”. Recuerdo que hacían aspavientos, reían a carcajadas y hablaban fuerte.

Mi tío Roberto y mi padre se escamaron un poco, pues el lugar era solitario y podía tratarse de gente con no muy buenas intenciones, así que quedaron un poco a la expectativa. Mientras tanto, los individuos se acercaban. Mi padre creo se asustó, lo vi tomar de la cajuela de su carro que estaba abierta la barra de acero del gato, listo para una acción defensiva, aunque de manera muy disimulada; pero se me quedó grabada la cara de preocupación que puso.

Mi tía Maga y mi mamá sí que se asustaron y rápidamente nos metieron a todos los “escuincles” en el auto del tío Roberto, con la consigna de no bajarnos.

En ese momento el sol se estaba ya metiendo y la obscuridad invadía lentamente el bosque, lo que hacía el asunto más tenebroso, pero afortunadamente no sucedió nada, entre tres o cuatro tipos casi levantaron el carro, lo sacaron del arenal y se despidieron igual que llegaron, con gran algarabía y muchos gritos.

Nos quedamos todos un poco “fríos”, asustados y comentando la suerte de que nos hubieran ayudado y la fortuna de que no nos hubieran hecho daño alguno. Así que, adultos y “chavales” nos subimos a los carros y emprendimos el regreso a la ciudad de México.

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